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martes, 22 de octubre de 2013

"La ciudad de los Carrizos" de González Caballero


La ciudad de los Carrizos es una obra en dos actos escrita por el dramaturgo Antonio González Caballero en 1967, estrenada por la Escuela Andrés Soler en el Teatro del Bosque de la ciudad de México en 1973.
Lo primero que salta a la vista al momento de iniciar la lectura son las notas que el dramaturgo hace, ya sea al lector o al director de la obra, en donde especifica que tanto el vestuario como la escenografía debe ser lo menos apegada posible aal tema prehispánico. De hecho propone que no haya vestuario, que los actores vistan como lo hacen diariamente; en cuanto al escenario y ambientación, prefiere que se hagan uno de objetos que se tengan a la mano, por ejemplo una escalera en forma de ‘A’ que pudiera servir como pirámide. Otra aclaración que hace el autor, de la que por cierto solo el lector y el director pueden tener conocimiento, mas no el espectador, es la relación que intenta hacer entre el mesías cristiano y el personaje aparentemente principal de la obra, el Príncipe Uno Caña (digo ‘aparente’ porque es en realidad el Supremo Mediador quien mueve a la acción en la obra). Y es que de hecho hay varias escenas de la obra que remiten a ciertos pasajes sobre la vida de Cristo, por ejemplo, según se cuenta, Uno caña “por una virgen fue dado a luz”,  o cuando se hace referencia al acto de transustanciación en palabras del Supremo Mediador cuando dice: “Esta es mi sangre, este es mi cuerpo”, sin embargo, sin conocer la aclaración del dramaturgo, creo que bien pueden pasar desapercibidas estas referencias.

Kurt Spang en Drama histórico. Teoría y comentarios, hace una comparación entre las funciones de la literatura y la historia, afirmando que la diferencia entre ambas áreas no se debe precisamente a la forma sino al enfoque, pues “el historiógrafo relata las cosas que suceden (lo particular) y el poeta presenta lo que podría suceder (lo general)”, y precisamente lo que en el texto de González Caballero se pretende es ‘historizar un mito’, el que explica lo que sucedió antes de lo oficialmente historizado, tal como sucede con el “Genesis” de La Biblia  donde se narra precisamente lo que pudo haber sucedido, mas no lo que sucedió. Además, Spang propone dos tipos de drama histórico: el ilusionista y el antiilusionista “dependiendo del punto de vista de la función o del efecto que [el dramaturgo] pretende conseguir en el público”. Y es más que obvio que el tipo de La ciudad de los Carrizos es del segundo tipo, pues la primera intención del autor es que el espectador esté siempre consciente de que lo que se representa frente a él no es más que eso, una simple representación, por eso la insistencia de que no se ocupe un vestuario en especial o escenografia alguna (aunque sí se propone el uso de algún objeto que distinga a un personaje de otro). Se genera entonces en el lector un distanciamiento en el que lo que se cuenta al espectador-lector choca con lo que se le presenta, o como afirma Spang, es un “contraste chocante [que] pretende despertar y chocar a los receptores, en el caso de no atenerse a la realidad histórica”.
Este y otros elementos pueden encontarse en la obra de González Caballero, por lo que hago invitación a su lectura que será siempre amena y sencilla.

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