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domingo, 27 de octubre de 2013

Los hechizos de Hugo Argúelles



Cambiando un poco de género, en esta ocasión hablaré un poco sobre una obra dramática cuyo autor la ha puesto bajo la etiqueta de “farsa mágica”; me refiero a La ronda de la hechizada del dramaturgo mexicano Hugo Argüelles. Es una obra dividida en tres jornadas que pudiera ser considerada como un texto antihistórico, pues Argúelles toma elementos de la historia como los procesos de evangelización mediante el teatro durante la conquista, y los usa para armar otra que no tiene nada que ver con algún suceso real o del que se tenga registro. 

Se trata de una actriz, Dominga, que llega a México -enviada por el rey- con la tarea de ayudar a los monjes a convertir a los indígenas; sin embargo, la gente de teatro, y aún más los dedicados a la comedia, no es bien vista por la gente “decente” y por lo tanto, Dominga y sus albinos, son menospreciados. La intención de la actriz es, ante todo, conocer más de cerca lo que concierne a lo mágico de la cultura indígena, pues en España ha escuchado que en este lado del mundo la magia abunda. Por casualidad conoce a Tecatzin, a quien el pueblo considera como la encarnación del Dios que lo es solo de los poetas, quienes tienen la misión de llevar “la flor y el canto” al pueblo para que la voz de aquel no se pierda. Dominga jura a Tecatzin ayudar a transmitir esa voz mediante su labor como actriz, y justo de eso depende el desarrollo de la trama cuyos altibajos tendrán que ver con la persecución y acusación de hechicería de Fray Lupercio hacia la actriz. 

Volviéndo a lo propuesto por Roberto Gonzàlez Echevarría en su texto Mito y archivo. Una teoría de la narrativa Latinoamericana, que aunque como el mismo título del estudio lo infiere, es sobre narrativa y no sobre teatro, pueden aplicarse algunos conceptos a representaciones teatrales como La ronda de la hechizada. Por ejemplo, el personaje de Tecatzin, cuya misión es esparcir entre la gente de su pueblo las palabras de su Dios, funge como la encarnación del mito, que se limita a la transmisión oral de “la flor y el canto”; y en contraposición a el tenemos a Dominga, quien representaría entonces al discurso legal, pues gracias a ella tanto las palabras de Tecatzin como lo que observa a su arededor, van siendo establecidas en un tipo de “archivo” no tan volátil como es la tranmision oral, me refiero a la especie de diario o cuaderno de notas que Dominga trae consigo. Además, la importancia del discurso legal se acentúa cuando Fray Lupercio envía por escrito la ronda que Dominga se ha encargado de enseñar a los indios, y de la misma manera tiene que esperar a que llegue la contestación por escrito del Rey para dictar o no sentencia de muerte a “la hechizada”.
Hay que destacar también la manera tan magistral en la que Hugo Argüelles hace dialogar a la poesía mística del siglo XVI con “la flor y el canto” prehispánico, sin mencionar que la ronda resultante, con la que finaliza la farsa, es un genial sincretismo entre ambas poesías y formas de ver el mundo.

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